Posteado por: irenebenito | 15/07/2011

Una reflexión

La pasada semana estuve en un encuentro de orquesta. O, más bien, en la orquesta del Encuentro de Música y Academia de Santander, como invitada. Una semana de trabajo, para preparar un programa monumental, de unas dos horas y media de duración (¡!): Obertura Egmont de Beethoven, el primer concierto para piano de Brahms, y la cuarta sinfonía de Mahler.

No me detendré en los pormenores. Diré solamente que fueron muchas horas de trabajo, ensayos mejores, otros peores, concentración al límite, cansancio, mucho calor… y música increíble, para realizar dos conciertos en días consecutivos. A donde quiero ir a parar es al último momento de todo ello: al último instante del último concierto. El que conozca esta obra de Mahler (y, el que no la conozca, que haga por conocerla) sabrá que, como la mayoría de las suyas, es un monumento de las pasiones humanas, un verdadero Everest de la imaginación, casi una hora de introspección obligada. El último movimiento -germen creativo de la obra, puesto que en función de él compuso Mahler los demás-, basado en un lied de Des Knaben Wunderhorn, hace honor a su título, Das himmlische Leben, “Vida celestial”, creando una atmósfera placentera, tranquilizadora, en el que la voz de la soprano nos lleva hasta una coda en Mi mayor, la tonalidad del Paraíso para el compositor. En esta coda, la masa orquestal, que por momentos ha sido gruesa, avasalladora, va desapareciendo, poco a poco, a lo largo de lo que se antoja una eternidad medida además por las campanadas del arpa; cada vez menos, cada vez menos, dejando una atmósfera de paz, de verdadero renacimiento, se podría decir de absolución, en que reina el “tong, tong, tong”, gravísimo, casi sin identidad, sobre una niebla sonora de los contrabajos que se difumina hasta el infinito.

Yo, a pesar de formar parte de la orquesta, estaba extasiada. A pesar de la concentración, y de la exhaustividad analítica y perfeccionista que da la deformación profesional, realmente sentía esa atmósfera, la disfrutaba, y oía el absoluto silencio reinante en el público, que corroboraba que había sido un concierto de verdad, que había llegado. Pero pasó algo.

¿Y qué pasó?

Pues que alguien aplaudió. Un aplauso, uno solo, pero mientras aún la neblina de los contrabajos permanecía, y la resonancia del arpa inundaba las conciencias. Y fue terrible.

¿Por qué? ¿Qué hay de malo en un aplauso? Es para mí tan claro como difícil de explicar. Deshizo la magia. Derribó el castillo de arena. Nos despertó a todos, nos sacó del maravilloso mundo en el que estábamos -los 80 de la orquesta, y espero que también los 1700 del público… bueno, quizá 1699- y nos devolvió de golpe y porrazo a una sala de conciertos, a un viernes de verano de 2011, a nuestros calores, cansancios, problemas, a la barrera del concierto, unos sobre el escenario, otros abajo.

A casi todos los miembros de la orquesta nos dolió en el corazón. Vi caras de verdadera desdicha. Fue como si nos hubieran robado algo, como si todo el trabajo no hubiera servido de nada, otra vez, como si alguien nos hubiera tirado el castillo. Fue un buen concierto, pero ya no fue lo mismo.

Anoche acudí a un concierto de un coro de cámara, con un programa centrado en Tomás Luis de Victoria. Me sorprendió ver tanta gente, a las 22:30 de un jueves, interesada en la polifonía renacentista. Fue un buen concierto, y el público, respetuoso, disfrutó. Sólo hubo un momento, en que, tras un número de soprano y órgano, alguien gritó “¡bravo!“. Me ocurrió algo parecido al aplauso de Mahler: tras esa música sobrecogedoramente interior, cargada de devoción, y cantada en una iglesia con sonoridad íntima, ese “¡bravo!” me pareció lo más fuera de lugar que podía haber, en cierto modo me alteró.

Estoy leyendo el último libro de Nikolaus Harnoncourt, y hoy encontré un extracto de una entrevista que me recordó esos momentos:

Simplemente, no me gusta que el público confunda la sala de conciertos con una tienda de oxigenación, que es lo que podrían dar a entender comentarios como los siguientes por parte de los asistentes: ahora necesito descansar del desagradable trabajo de mi jornada; ahora voy a escuchar algo hermoso, a procurarme un poco de “felicidad de Mozart”, y mañana todo estará nuevamente en orden. Si la música dirige nuestra mirada hacia el misterio del alma humana, no puede utilizarse simplemente para pasar una velada agradable. Puede ser la ocasión de un gran enriquecimiento personal para quien sabe mirar. Escuchar música mientras tomamos una agradable ducha con agua templada para limpiarnos del polvo de cada día me parece del todo insuficiente. Me resultaría inaguantable tener que tocar la Sinfonía en sol menor de Mozart ante un público que ríe y cuchichea, sencillamente porque se trata de una obra destinada a abrir de par en par el alma el oyente. Y cuando después leo en una crítica que los oyentes experimentaron la “felicidad de Mozart”, no puedo dejar de preguntar: ¿qué oyó realmente quien escribió eso? Quien asiste a un concierto tiene que arriesgar algo. Ha de arriesgar, por lo menos, la posibilidad de experimentar algo, de que suceda algo que realmente le afecte, y no simplemente que se ha divertido de lo lindo.*

No puedo no estar de acuerdo. A su vez, he recordado otro texto relacionado, que dejo también aquí:

Imagínate un edificio -puede ser grande o pequeño- dividido en muchas habitaciones; cada habitación cubierta de lienzos de distintos tamaños: miles de lienzos. Algunos representan trocitos de naturaleza en color -bichos en sol o sombra, o bebiendo, o parados en un charco, o tendidos sobre la hierba- y, al lado, una crucifixión por un pintor que no cree en Cristo, y luego unas flores y unas figuras humanas sentadas o de pie o ambulando, y frecuentemente desnudas -mucha mujer desnuda en escorzo, vista de espaldas- y también habrá manzanas y bandejas de plata y un retrato de Don Fulano de Tal -y una puesta de sol, y una señora vestida de rosa, y un pato que vuela, y un retrato de Madame X, y  unos gansos que vuelan, y una señora de blanco, y unas vacas en sombra con motitas de sol, y un retrato del embajador de Y, y una señora de verde-. Y todo esto viene cuidadosamente reproducido en un libro que además contiene los nombres de los artistas y los nombres de los cuadros. Libro en mano, la gente se pasea de pared en pared volviendo páginas, leyendo nombres. Y luego se marchan, ni más ricos ni más pobres, y vuelven a sus quehaceres que no tienen nada que ver con arte. ¿A qué vinieron?♣

* HARNONCOURT, N., La música es más que las palabras, Paidós, Madrid, 2010. Traducción de Isidro Arias Pérez

♣ KANDINSKI, V., De lo espiritual en el arte, cit. por Fernando Zóbel en su “Cuaderno de apuntes” (editado por el Museo Fernando Zóbel)

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Responses

  1. Disfruto enormemente del texto de Kandinsky, sin embargo, hay algo en las palabras de Harnoncourt que me pinza el alma de algún modo que no acabo de precisar. (hoy lo seguiré rumiando).

    Tengo que salir para Lille ahora mismo… arte contemporáneo es el plan. Te contestaré pronto. Hasta el momento te dejo una recomendación muy a propósito:

    Edward Said: De la ocasión extrema del concierto (o de la música). Ensayo editado dentro de sus “Reflexiones musicales”. Brillante.

  2. Totalmente de acuerdo con respecto a lo inoportuno de algunas personas. Muchos de los que vamos a los Encuentros de Música y Academia somos verdaderos catetos en lo que a educación musical se refiere, pero de entre todos nosotros, hay dos grupos distintos: los que respetan no ya la obra sino al músico que la interpreta y los que parecen ir única y exclusivamente a dar su opinión y a hacer “como que” saben de qué va el asunto.
    Y son esos los que suelen meter la zarpa antes de tiempo y juntan las pezuñas para aplaudir cuando los demás estamos todavía cogiendo aire (que es pocas veces, lo admito, y una de ellas fue ayer con el concierto de Ivan Monighetti y Julia Hsu, interpretando la Sonata para violín y piano -en este caso versión de violonchelo- núm. 9 en la mayor, op.47 Beethoven)… No soporto a la gente que tiene que expresar en alto, ya sea por gestos por palabras o lo que fuere, lo que le parece una obra… A su debido tiempo, los aplausos son suficientes. Lo que demuestra hasta qué punto van a escuchar o a que les escuchen…


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