Notas al programa – 22.08.2015

Maurice Ravel, Bolero

En 1928, Ravel recibió, de parte de la bailarina y mecenas Ida Rubinstein, el encargo de componer un ballet de carácter español. Su idea inicial era orquestar seis de las piezas de Iberia de Albéniz, pero al descubrir que los derechos pertenecían a Enrique Fernández Arbós, quien ya las había orquestado, cambió de idea. Cuando Fernández Arbós anunció que cedía gustosamente los derechos para que Ravel pudiese crear, éste estaba ya inmerso en el trabajo sobre un tema que había imaginado durante sus vacaciones y cuya cualidad insistente le había inspirado una idea novedosa. Testimonio del gran interés del autor por las danzas antiguas, la pieza recibió en un principio el título de Fandango, que se sustituyó después por Bolero: siendo ambas danzas españolas de pareja del siglo XVIII, el bolero es de tempo más lento, acorde con la idea que Ravel tenía de su criatura.

El Bolero se representó por primera vez en la Ópera de París en noviembre de aquel año, con coreografía de Bronislava Nijinska. El propio Ravel fue inicialmente muy crítico con su obra, que describió como “tejido orquestal sin música”, avisando de que la mayor parte de las orquestas rechazarían tocarla: “sin forma propiamente dicha, sin desarrollo, sin modulación”, se trata de la repetición de un tema, casi completamente en Do mayor, por parte de diferentes instrumentos, con ritmo invariable y sin contrastes, formando un crescendo gradual gracias al magistral tratamiento de la orquesta.

En contra de las predicciones del autor, la popularidad que rápidamente alcanzó la obra le hizo famoso en todo el mundo. A pesar de su declive físico y psicológico, que tan bien describió Jean Echenoz en su novela biográfica, Ravel apreció y disfrutó el éxito conseguido.

Piotr Ilich Tchaikovski, Concierto para violín Op. 35

1877 fue un año intenso para Tchaikovski. Contrajo matrimonio para atenuar los rumores -fundados- sobre su homosexualidad, sufriendo una gran crisis psicológica y creativa como consecuencia; abandonó por fin su trabajo en el conservatorio tras años de frustración y desgana; y aseguró su independencia económica gracias al patrocinio de su admiradora Nadezhda von Meck. Después de un viaje por Italia, que dedicó a terminar las obras empezadas antes de la boda, a comienzos de 1878 se estableció en la localidad suiza de Clarens, a orillas del lago Leman, con intención de descansar. Allí vio la luz su Concierto Op. 35.

Tchaikovski se había ejercitado antes en la escritura para violín solista con dos obras modestas: la Sérénade mélancolique Op. 26 y el Valse-Scherzo Op. 34, dedicado al violinista Iosif Kotek, su alumno de composición y probablemente su amante. Como en la mayor parte de la música concertante del autor, en el Op. 35 fue también decisiva la colaboración con un instrumentista: fue Kotek en este caso quien, de visita en Clarens, le aconsejó a la hora de dar forma a la obra, completada en un mes. Según el propio compositor escribió a su hermano, se inspiró en Bizet, Delibes, a quienes consideraba buscadores de la pura belleza musical más allá de cumplir con tradiciones establecidas; y seguramente también en la Sinfonía Española de Lalo, con cuya partitura había trabajado en esos días. Kotek estrenó la obra en un concierto privado el 3 de marzo, con el compositor al piano; sin embargo, sólo la tocaría en público una vez, en Moscú en 1882.

Tchaikovski compuso una meditación, inicialmente concebida como movimiento lento del concierto, que le pareció después poco adecuada y que sustituyó por la canzonetta; la convirtió más tarde en parte de Souvenir d´un lieu cher, tríptico para violín y piano.

Inicialmente, el concierto fue dedicado al afamado violinista y pedagogo Leopold Auer, pero éste lo juzgó de menor calidad que las obras sinfónicas del compositor, y pretendió editar algunos pasajes, que consideraba poco adecuados al instrumento. Tchaikovski, enfadado con la reacción, lo dedicó finalmente a Adolf Brodsky, quien tocó la première en Viena el 4 de diciembre de 1881, con la Filarmónica de la ciudad y bajo la dirección de Hans Richter. A pesar de la dureza de algunas críticas, como la de Eduard Hanslick, que lo denominó “música pestilente”, “olorosamente rusa” y dijo que era largo y pretencioso, tanto Brodsky como Karel Halίř continuaron dando a conocer el concierto, convirtiéndolo en una de las obras más apreciadas del autor, y del repertorio de violín. Tan rápido fue aceptado, que incluso Auer terminó por tocarlo.

Igor Stravinski, La Consagración de la Primavera

En junio de 1910, los Ballets Rusos del empresario Diaghilev estrenaron en París el ballet El Pájaro de Fuego; el éxito de esta pieza supuso un espaldarazo para Stravinski, que le abrió las puertas de los círculos sociales y culturales de la ciudad y le animó a establecerse en el oeste europeo con su mujer y sus dos hijos. En sólo tres meses se mudaron desde Ucrania al mismo Clarens en que Tchaikovski había descansado tres décadas antes. Allí, Stravinski compuso Petrushka, trabajó con Ravel para finalizar Kovanshchina de Mussorgsky –que éste había dejado incompleta a su muerte- y dio forma, durante más de un año, a otro ballet para Diaghilev: La Consagración de la Primavera, que se estrenó el 29 de mayo de 2013 en el Théâtre des Champs-Elysées de París, con Pierre Monteux al frente de una orquesta creada ad hoc, coreografía de Vaslav Nijinski (hermano de Bronislava) y Maria Piltz en el papel de la Elegida. Esta vez, la respuesta no fue unánime: el escándalo que tuvo lugar es uno de los más sonados de la historia de la música, con el público dividido en facciones enfrentadas haciendo la orquesta casi inaudible durante la primera parte.

Y no es difícil imaginar la conmoción que pudo causar en un oyente del momento la novedad de esta partitura en cierto modo violenta, tensa, sólo lejanamente inspirada en melodías folklóricas rusas y lituanas, que pretende plasmar la energía creadora de la primavera con ritmos convulsos, acentuación insistente, armonías discordantes, y experimentos con escalas modales y octatónicas; rasgos todos que comenzarían a calar, a comprenderse, con la aparición de las obras posteriores de Stravinski. Por si ello fuera poco, en la escena se suceden danzas rituales que celebran la llegada de la primavera, durante las cuales una joven es elegida como víctima para un sacrificio, y baila hasta morir.

Aún pensada para el ballet, la música –probablemente la más grabada del siglo XX- alcanzó reconocimiento por sí sola, como pieza de concierto; y es así como la escucharemos hoy.

Irene Benito

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