Notas al programa – 09.12.2015

Las raíces españolas del cuarteto de cuerda

Aunque hoy nos pueda resultar sorprendente, España fue uno de los centros más importantes de producción de cuartetos de cuerda en la época del nacimiento de este género musical. A pesar de no ser melómano, el rey Carlos III (1716-1788) se preocupó de que sus hijos tuvieran una educación musical. Así, el infante Gabriel tuvo a José de Nebra y Antonio Soler como profesores de clavicordio, y el príncipe Carlos recibió la enseñanza de los violinistas italianos Felipe Sabbatini y Gaetano Brunetti. Se generó una gran actividad musical en la corte, que las casas de la nobleza emularon también en sus salones.

Tras el impulso pionero de Luigi Boccherini, en este ambiente vieron la luz centenares de composiciones para cuarteto de cuerda. Nacido en Lucca, Boccherini llegó a España con 25 años para ponerse al servicio del infante Don Luis, hermano del rey. Aunque no volvió a salir del país, sus obras se difundieron por toda Europa; ejemplo de ello es el cuarteto que escucharemos hoy, compuesto en 1780, y editado en Viena, Londres y París de manera inmediata. A pesar de su calidad indudable, su frescura y cualidad melódica, sólo una pequeña parte de los 84 cuartetos y más de 100 quintetos (con un segundo violoncello, con flauta, con guitarra, con pianoforte) ha sido editada, publicada o grabada en época reciente.

El toledano Manuel Canales, que trabajó en Madrid al servicio de los Duques de Alba y Huéscar, fue el primer compositor de cuartetos nacido en España. Se conocen dos series de seis cuartetos; en 1774, cuando se publicó la primera, es poco probable que Canales conociera las obras de sus contemporáneos europeos. A la segunda serie pertenece el cuarteto que hoy se ofrece; la forma es ya mucho más avanzada, incluyendo minuetos cuya originalidad se aleja del espíritu popular de esta danza. El tema que abre el primer movimiento de este op. 3 nº 2 muestra una enorme similitud con el del cuarteto KV 387 de Mozart, compuesto en el mismo año (1782); dado que la colección de Canales se editó en Londres –por razones desconocidas, puesto que el compositor no pareció salir del eje Toledo-Madrid-, no es inverosímil que llegara hasta Europa oriental. Aparte de los cuartetos, sólo se conoce de Canales una misa y la existencia de una colección de villancicos, que no ha llegado hasta nosotros.

A pesar de sus orígenes españoles, Carlos de Ordóñez pasó toda su vida en Viena. Registrador de la propiedad además de compositor, violinista activo en los salones de la aristocracia, estuvo relacionado con la música de cámara de la corte. Su influencia directa en el panorama musical español fue nula; pero sí fue notoria su contribución al desarrollo del estilo clásico vienés de la segunda mitad del XVIII, que tanto impacto tuvo en toda Europa. Sus más de 70 sinfonías y sus 27 cuartetos exhiben una imaginativa conexión temática entre los movimientos, y un uso extenso del contrapunto, fundamentalmente en los finale; el vigor rítmico recuerda a Haydn (hasta tal punto que sus sinfonías tempranas circularon bajo el nombre de éste), aunque su estilo armónico sencillo tiene más en común con otros contemporáneos como Wagenseil o Leopold Hofmann.

La última obra que escucharemos pertenece a una colección que ha estado atribuida a diferentes compositores con idéntico apellido, fundamentalmente a Inácio António de Almeida (1760-1825), activo en Guimarães y Braga. Desde hace tres décadas, se atribuyen a João-Pedro de Almeida Mota, lisboeta que fue maestro de capilla en Lugo y Astorga, y después maestro de música en la Real Capilla de Madrid. Poco más nos ha llegado de él: algunas piezas litúrgicas, y arias para soprano y orquesta que podrían ser fragmentos de una ópera; pero todo ello es testimonio de un compositor de envergadura.

Otros compositores como Teixidor, Ataide, Brunetti, Corselli o Reynoso, y más adelante Juan Crisóstomo de Arriaga o Diego de Araciel, afincado en Italia, contribuirían, durante cinco décadas, a conformar un corpus de cuartetos de cuerda que sólo hoy comienza a apreciarse en toda su riqueza.

Irene Benito

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