Notas al programa 24.03.12

El cuarteto de cuerda (dos violines, viola y violonchelo) se desarrolló a mediados del siglo XVIII gracias al impulso de Joseph Haydn. Una práctica habitual de la época era la sustitución del primer violín por un instrumento de viento (flauta, oboe o clarinete).  La formación de trío o cuarteto de cuerda con un instrumento de viento-madera constituyó un género muy popular entre los compositores clásicos. En vigor entre fines del siglo XVIII y principios del XIX, fue prácticamente abandonado después de 1800, ya que el cuarteto de cuerda quedó como agrupación privilegiada dentro de la música de cámara sin piano. Las tres obras que hoy escucharemos fueron compuestas aparentemente dentro de un periodo de 10 años, en plena efervescencia del Clasicismo.


Mozart llegó a Mannheim el 30 de octubre de 1777, acompañado por su madre; aunque iba camino de París -donde esperaba encontrar un buen puesto de trabajo-, se quedó en la ciudad inesperadamente durante cuatro meses y medio. Allí, Ferdinand Dejean, médico y flautista amateur, encargó a Mozart la composición de “tres conciertos cortos y fáciles y unos cuantos cuartetos con flauta”. En la correspondencia con su padre, el compositor de 22 años, ocupado en disfrutar de la intensa vida musical de la ciudad y de su nueva relación con la cantante Aloysia Weber (hermana mayor de su futura esposa), se declaraba sin motivación para componer para un instrumento que, simplemente, no le gustaba. En los dos meses que tenía para completar el trabajo, sólo entregó los cuartetos incompletos, un concierto original para flauta y otro concierto que era una pura transcripción de su concierto anterior para oboe, por lo que recibió menos de la mitad del precio fijado.

El cuarteto en Re Mayor K 285 es el primero de los tres que Mozart compuso finalmente para Dejean, y su calidad y riqueza no dejan ver ningún desinterés. Terminado el día de Navidad y escrito en poco más de una semana, está estructurado en tres movimientos: el primero, en forma de sonata, es alegre, brillante y chispeante; el segundo es una serenata de carácter operístico, con largas líneas melódicas acompañadas por la cuerda en pizzicato; el rondó, bailable, desprende una energía vibrante. La textura es siempre muy ligera, transparente, basada en la articulación y los contrastes más que en la masa sonora; la flauta concentra el interés melódico, es solista como si se tratase de un concierto de cámara.


A comienzos de 1781, Mozart estaba en Munich para el estreno de su ópera Idomeneo, que le había encargado el Elector de Baviera Karl Theodor. En la ciudad, Mozart se reencontró con su amigo Friedrich Ramm, antiguo oboísta de la orquesta de Mannheim a quien había conocido durante su estancia allí, y que era ahora el solista de la orquesta de Munich. Fue para él que compuso el cuarteto que hoy escucharemos. Ramm era famoso por la pureza de su sonido, y, a juzgar por la escritura de esta obra, también ágil y capaz de tocar notas excepcionalmente agudas para los oboístas de la época.

En el allegro inicial del cuarteto, las voces acompañantes tienen un interés melódico propio que no hemos visto en la obra para flauta. El adagio parece compuesto para que Ramm mostrase su capacidad expresiva y técnica, cantando el oboe por encima de la cuerda en un aria de carácter lamentoso y recogido. El rondó evoca el mundo pastoral, y uno de los temas imita incluso las melodías folklóricas típicas de la gaita; de pronto, la sección central, en la que el oboe vuela libre del ritmo que prevalece en la cuerda, parece devolvernos por un momento al ambiente dramático del movimiento anterior, pero la tranquilidad retorna y el movimiento finaliza de un modo casi cómico.


Uno de los músicos que Mozart quiso conocer cuando llegó a París después de Mannheim fue Carl Philipp Stamitz, quien nació en 1745 en dicha ciudad. Hijo del famoso compositor Johann Stamitz (1717-1757), a los 17 años de edad se convirtió en miembro de la orquesta de su ciudad natal, una de las más reputadas de la época, donde permanecería como violinista hasta 1770. Familiarizado con el estilo compositivo y orquestal de Mannheim inició su carrera como compositor, siendo junto con su hermano Anton uno de los principales representantes de la segunda generación de compositores manheimienses. En 1770 Stamitz viaja a París, donde obtiene un gran éxito. Sus composiciones son interpretadas, aparece regularmente en el Concert Spitrituel, y es nombrado compositor del Duque de Noailles, puesto que ocupa hasta 1777, cuando se traslada a Londres. Fue allí donde aparentemente compuso el grupo de cuartetos con clarinete Op. 19, de los que hoy escucharemos el primero. Sus obras supusieron un paso importante para situar al clarinete en el lugar que posteriormente ocuparía en la música de cámara, en la obra del mismo Mozart y compositores posteriores.


Héctor Abella e Irene Benito.

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