Notas al programa – 7.2.2011

Resulta complejo diseñar, hoy en día, un programa de recital para la formación de violín y piano que, sin salir del formato clásico, ofrezca algo original. El recital de hoy trata de aunar varias obras que no suelen estar presentes en las salas de conciertos, pero no por falta de mérito.

Giuseppe Tartini fue un visionario en el primer tercio del siglo XVIII. Estudioso de los fenómenos físicos relacionados con el hecho musical, si su figura no se ha considerado más en historia de la música es porque sólo mostró interés por un lenguaje instrumental: el del violín. Pero sus más de 400 conciertos y sonatas para este instrumento revelan, por un lado, su enorme contribución a la técnica (del trino, de las dobles cuerdas, de los golpes de arco), y por otro lado, el modo en que anticipó el lenguaje de los compositores clásicos, en la primacía de la melodía y en la simetría de las frases. Todo ello es patente en la sonata que hoy escucharemos, publicada en 1734 y muy influida por el estilo de Corelli. Está estructurada en tres movimientos bipartitos y en la misma tonalidad, de los cuales, según costumbre de Tartini, el único lento es el primero; en él se percibe el ideal barroco de imitación de la naturaleza mediante el arte –en este caso, de las posibilidades de la voz mediante el violín-. Los otros dos movimientos tienen carácter de danza, y en ellos exprime el compositor su saber instrumental. En el autógrafo, ahora perdido, aparecía un texto codificado, que fue descifrado en 1930 mostrando líneas de poesía de Petrarca, Tasso y Metastasio. Aunque no hay en ellas referencia directa a la historia de Dido, reina de Cartago abandonada por su amante Eneas, la asociación de la obra a este tema es ya tradicional. El editor Michelangelo Abbado sugirió, para ambientar cada movimiento, tres fragmentos del drama homónimo de Metastasio: “Aquí estoy sola, traicionada, abandonada, sin Eneas, sin amigos y sin reino.” “Perezca Cartago, arda el palacio, y sean mi tumba sus cenizas.” “Y, en el esplendor de las estrellas íberas, queden en paz todos los reinos del mar.”

Alfred Gárievich Schnittke fue quizá el compositor más importante de la última época del régimen soviético. En su música de concierto experimentó con distintos estilos de vanguardia hasta desarrollar un lenguaje personal que mezclaba varios de ellos; pero fue además enormemente prolífico en el campo de la composición de bandas sonoras, interviniendo en más de 60 películas y series de televisión soviéticas. De tres de estas películas procede la música de los distintos movimientos de su Suite en estilo antiguo, transcritos para violín y piano –o clave- en 1972. Dedicada al violinista Mark Lubotsky, colaborador habitual de Schnittke, la obra está constituida, al modo de las suites del Barroco, por varios movimientos de danza más uno imitativo –aunque no es una fuga en sentido estricto-, compuestos todos ellos con elementos estilísticos que bien podrían pertenecer a cualquier compositor entre Haendel y Mozart (la armonía, las estructuras melódicas, el rol acompañante del violín). Pero la gran densidad sonora que aporta la escritura del piano, así como algunas sorpresas discordantes, sacan al oyente de ese ensueño para colocarlo en las postrimerías del siglo XX.

Si siempre constituye un reto para el intérprete afrontar el estreno o re-estreno de una obra, las que se van a escuchar hoy de Arturo Dúo Vital tienen algunas particularidades que lo agravan: fundamentalmente, porque no se da la posibilidad de consultar con el compositor, y puesto que además no existe de ellas edición revisada, ni tradición interpretativa –ni grabaciones, ni músicos vivos que las hayan tocado-. Las tres obras en el programa constituyen la totalidad de las obras para violín y piano de Dúo Vital, mucho más volcado hacia los lenguajes sinfónico, lírico y coral, y su reunión ha sido posible gracias a la donación a la Fundación del archivo personal del compositor por parte de sus hijos, Roberto y Ariel Dúo de la Llosa, y a la donación del manuscrito del Estudio en Do menor por parte de Alfredo Soler Galdona, hijo del violinista Alfredo Soler Sáez, a quien el propio Dúo lo había regalado y dedicado. Dicho Estudio muestra un estilo post-romántico que se hace más personal una década después, en el Romance de la Barca Marinera, basado en la canción pejina, y en El violín del clown, pequeño divertimento instrumental.

Heredero de la tradición violinística franco-belga a través de sus profesores Wieniawski, Massart y Vieuxtemps, Eugène Ysaÿe fue uno de los violinistas más sobresalientes de su época. Dedicatario de decenas de obras de la talla de la Sonata de César Franck, el cuarteto de Debussy, o el Poème de Chausson, consideraba sin embargo que la escritura para violín no había innovado en lo técnico desde los tiempos de Paganini, e intentó explotar en sus obras otras capacidades del instrumento: “He tratado de encontrar nuevos caminos técnicos y nuevos modos de expresión, (…) he plasmado nuevos pensamientos e ideas, y he tratado de dar a la técnica del violín mayores posibilidades de vida y vigor.” Sus seis sonatas para violín solo Op. 27 atestiguan este propósito. Fueron todas esbozadas en un solo día de 1923, tras escuchar Ysaÿe un recital con obras a solo de Bach tocadas por Josef Szigeti. Cada sonata está dedicada a e inspirada en un violinista apreciado por Ysaÿe y más joven que él. La sonata nº 3, en un movimiento, fue dedicada a George Enesco, violinista y compositor rumano establecido en París.

Al escuchar la sonatina de Antonin Dvorák no queda ninguna duda de su parentesco con la “Sinfonía del Nuevo Mundo” del compositor checo. Ambas obras datan de 1893, el segundo de los cuatro años que el autor pasó como director del Conservatorio de Nueva York, y muestran la influencia de melodías y ritmos de tambores indios, y de espirituales negros, con abundantes síncopas y escalas pentatónicas. Aparentemente inocente en su claridad estructural y sencillez melódica, la sonatina fue compuesta por Dvorák para dos de sus hijos, niños entonces, quienes la estrenaron; pero el mismo autor advirtió que “incluso los adultos deberían ser capaces de divertirse con ella”. El movimiento lento, popularizado por Fritz Kreisler, llegó a editarse por separado como Canzoneta India. Dvorák declaró haber imaginado el tema de este segundo movimiento mientras visitaba las cataratas Minnehaha, anotándolo inmediatamente en la manga de su camisa. Muy orgulloso de la obra, le asignó el número de opus 100, aunque no le correspondía.

Irene Benito.

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