Notas al programa – 13.5.2013

Tomaso Giovanni Albinoni fue un compositor atípico en su época. Independiente de la corte y de la Iglesia gracias al negocio de imprenta que heredó en su Venecia natal, se consideraba a sí mismo un diletante. Esto no impidió que las casi cincuenta óperas que compuso alcanzasen éxitos comparables a los de su compatriota Vivaldi, y que su obra se ganase el respeto de contemporáneos como Bach (quien compuso fugas sobre temas de Albinoni, y empleaba con sus alumnos ejemplos de bajo continuo extraídos de sus obras). Aunque gran parte de la producción del veneciano se perdió al destruirse la biblioteca estatal de Dresde durante la II Guerra Mundial, ha llegado hasta nosotros también una reseñable cantidad de música instrumental, con particular protagonismo del violín, instrumento en que había sido instruido cuando niño.

En la sonata en Re menor que hoy escuchamos se aprecia la escritura poco afectada, austera y elegante que caracteriza la música de Albinoni. Los movimientos lentos -primero y tercero, como manda el canon de la sonata de iglesia- están compuestos en un discurso continuo, sin recapitulación temática, y son testimonio del particular talento melódico de un gran operista. Los dos movimientos rápidos tienen estructura bipartita; en el segundo se alternan pasajes imitativos entre el solista y el continuo con otros concertantes; el cuarto es una giga de carácter enérgico, casi dramático.

Esta sonata es la primera de una colección de sonatas de iglesia para violín y bajo continuo reunida por el editor francés Estienne Roger en 1708 y clasificada como opus 4 que alcanzó gran éxito en toda Europa, todo ello sin el conocimiento del autor (que había designado ya una serie de cantatas con esa numeración); se sospecha que algunas sonatas, como la tercera, no son siquiera de Albinoni. Hoy la escucharemos en el timbre del oboe, práctica que era ya muy común en la época, en que los instrumentos melódicos de igual tesitura se consideraban prácticamente intercambiables.

 

Francis Poulenc se formó como pianista con su propia madre y con el ilerdense Ricardo Viñes, y como compositor con Charles Koechlin, aunque su participación en las corrientes estéticas que florecían en el París de entreguerras terminó de forjar su estilo personalísimo. Aunque abordó todos los grandes géneros, la producción camerística de Poulenc -con el piano como eje- es uno de los mejores ejemplos de su capacidad para combinar humor, sensualidad y elegancia.

La Sonata para oboe y piano Op.185 forma parte de una serie de obras para todos los instrumentos de viento-madera que el autor había proyectado y de la que sólo terminó las de flauta y clarinete, y la presente. Ésta está dedicada a la memoria de Sergei Prokófiev, muerto nueve años antes, cuya influencia Poulenc reconoció de forma explícita y dejó muy patente en muchas de sus obras: el Scherzo es el mejor ejemplo, con una escritura pianística que podría provenir de la pluma del mismo Prokófiev, y con citas temáticas de la sonata para flauta del ruso. El tono de lamento se acentúa al invertir la estructura de sonata habitual, siendo el Scherzo flanqueado por dos movimientos lentos. La Déploration fue al parecer lo último que el autor compuso, en verano de 1962, antes de morir; en él se crea un ambiente de “canto litúrgico”, como el propio compositor lo describió. Se aprecian en su estado más puro los colores naïfs, giros post-románticos y una facilidad melódica y expresiva que son habituales en un compositor con un estilo tan diverso como inconfundible; porque Poulenc suena siempre, y sólo, a Poulenc. La sonata fue estrenada póstumamente por Pierre Pierlot y Jacques Février el 8 de junio de 1963 en el festival de Estrasburgo.

 

La sonata en Sol menor hoy clasificada como BWV 1020 se consideraba obra de Carl Philipp Emanuel u otro de los hijos de Johann Sebastian Bach hasta mediado el siglo XIX, cuando comenzó a atribuirse al padre. La investigación musicológica de las últimas décadas ha concluido que la autoría pertenece a alguno de los hijos o alumnos de Johann Sebastian, pero no a Carl Philipp. Los tres manuscritos existentes no incluyen el nombre del autor, no permiten ubicar la sonata cronológicamente, ni tampoco especifican el instrumento melódico para el que la sonata estaba proyectada.

Aunque el primer movimiento de la sonata no tenía indicación de tempo, la figuración firme indica un movimiento rápido. Después de la introducción del clave obligado -que brillará en pasajes a solo a lo largo de toda la sonata-, el instrumento solista presenta la melodía, expresiva desde el comienzo gracias al intervalo de sexta ascendente que la inicia, y variada después en elementos temáticos. El adagio, en el que el solista canta sobre la constancia rítmica del bajo continuo, es delicado y equilibrado. El allegro final, de forma binaria, surge completamente de la fuerza del motivo inicial.

Es una obra de gran belleza, muy apreciada por los intérpretes de flauta y violín, aunque no podamos concluir a quién atribuirle el mérito.

 

Amilcare Ponchielli se formó con su padre, organista, y en el conservatorio de Milán. Él mismo fue organista en Cremona y maestro de capilla en Bérgamo, y profesor más tarde en el conservatorio en el que él mismo había estudiado, donde tuvo discípulos como Giacomo Puccini y Pietro Mascagni. Hoy es conocido fundamentalmente por sus obras operísticas, entre las que destaca La Gioconda, de 1876.

En su breve producción de cámara tiene un lugar preeminente el Capriccio para oboe y piano, obra de repertorio para los oboístas de la que se han hecho después versiones con acompañamiento orquestal. Aunque está catalogado como Op.80, no se publicó hasta 1889, ya muerto el autor, por lo que es imposible datarlo. Sí se sabe que es una obra temprana, al parecer inspirada en un Piccolo Concertino para oboe que Ponchielli escribió con tan sólo 13 años. Como éste, está dedicado al oboísta Cesare Confalonieri (1831-1902), amigo íntimo del compositor desde niño y como él profesor del conservatorio de Milán, además de solista en el teatro La Scala. El Capriccio combina un carácter marcadamente operístico –bien dramático como en el allegro inicial, bien melancólico como en la romanza que sigue, bien marcial como en la cabaletta final- con el brillo de un virtuosismo que va in crescendo a lo largo de la obra y que lleva al intérprete al máximo de expresión y de destreza.

 Irene Benito.

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